Inconsciente realidad

Inconsciente realidad
Muchas veces queremos saber lo que nos deparará el futuro, pero esta vez es preferible no saberlo.

jueves, 12 de enero de 2012

Primer cap: El extraño sueño


1



La esperanza y el temor son inseparables y
no hay temor sin esperanza, ni esperanza sin temor.”
François de la Rochefoucaul.


La habitación estaba siniestramente oscura cuando, tumbada en el centro de esta, Nina abrió los

ojos de par en par. Miró a un lado y a otro, intentando ver algo que la orientara del desconocido

lugar.

Pero nada.

No había nada, nada que pudiera ver. La densa oscuridad lo hacía imposible.

Dios, ¿dónde demonios estaba? No lo sabía, estaba tan oscuro que no podía ver nada más aparte de

grotescas manchas borrosas por todas partes: el suelo, las paredes, el techo...

No sabía dónde ni el por qué estaba allí, pero había una cosa que sí estaba segura: el lugar olía

terriblemente a muerte.

Aturdida y totalmente desconcertada se incorporó tambaleante hasta ponerse en pie. Tiritó

levemente y se encogió, abrazándose los codos; una punzada de frío la recorrió todo el cuerpo,

calándole hasta en los huesos, cuando las palmas de las manos tocaron sus desnudos brazos. Las

tenía completamente congeladas y humedecidas de...¿agua?, pensó ella en un principio, pero era

imposible que el agua en sí estuviese tan densa y, más extraño aún, eran pegajosas como si fuese

saliva demoníaca, aunque, sinceramente, preferiría que no lo fuera.

Sin pensárselo dos veces se acercó las manos a los ojos, intentando descifrar qué demonios tenía en

ellas, pero en seguida se arrepintió de haberlo hecho. Sintió unas horrorosas ganas de vomitar allí

mismo, en ese preciso instante. Tuvo que morderse el labio para no echar la pota. La boca le sabía a sangre 

y sufrió otro ataque de náuseas.

Empezó a dar arcadas violentamente y su cuerpo se sacudió una y otra vez hasta que no pudo

mantenerse en pie y cayó de rodillas en el mugriento suelo.

Se encogió hasta quedar hecha un ovillo.

Le ardían las mejillas, le dolía el corazón y tenía los pelos del flequillo pegados en el rostro por el

sudor, aunque ni hizo ademán de apartárselos de la cara, porque lo único que conseguiría sería

empeorar más su desastrosa situación, si es que era posible.

El pecho se convulsionaba agresivamente, tanto que le empezaba a doler todos los huesos del

cuerpo, hasta que al final tosió y vomitó bocanadas de agua agria.

Todavía sentía la bilis en la boca y en los labios cuando se incorporó, vacilante y tambaleante.

Tenía todos los músculos del cuerpo tensos y temblorosos aunque también le escocían los ojos de

haber llorado, cosa que no se había dado cuenta hasta ahora.

Inspiró profundamente para tranquilizarse un poco, pero se atragantó al hacerlo; un terrible olor

pestilente atravesó su garganta, revolviéndole el estómago. La sensación de vómito regresó, pero la

reprimió y de una sacudida se despojó de todos esos inútiles pensamientos. En esos momentos todo

lo que necesitaba pensar era en cómo salir de aquel extravagante y tenebroso “lugar”, aunque

dudaba que algún sitio tuviera aquel aspecto tan...

Sobrecogedor.

Entrecerrando los ojos y por vez primera observó la habitación: tenía cuatro paredes -por lo menos

había algo que se asemejaba a la realidad, porque era imposible que aquella especie de “habitación”

existiera o, ¿se equivocaba?- y situada en una de ellas había una puerta que en sí, parecía normal y

corriente, si es que había algo de normal allí; el techo no era alto, en el centro de ésta colgaba una

lámpara con forma de araña; el suelo estaba mugriento y encharcado de algo que Nina no pudo

identificar, pero estaba totalmente convencida de que agua no era y tampoco se encontraba por la

labor de querer averiguarlo.

Miró la puerta que tenía en frente, a unos cuatro metros de distancia, lo consideró por unos instantes

y vaciló; por alguna extraña razón tenía un mal presentimiento. Dudaba si detrás de esa puerta fuese

mejor que esta habitación, pero no tenía muchas opciones considerables en aquellos momentos.

Se le estaba nublando la vista y sentía que sus piernas cedían poco a poco.

Estaba perdiendo la batalla.

No disponía de mucho tiempo, la pestilencia era abrumadora y no se creía capaz de aguantar ni un

segundo más allí dentro. Era necesario tomar una decisión ahora mismo y eligió seguir adelante.

Ojala hubiera acertado, porque sino...

La muerta vendría a visitarla.

Tenía las manos en puños, las uñas se le clavaban en las palmas y le escocía allí donde brotaba la

sangre, pero no le importó en absoluto.

Ya nada importaba.

Puso todos sus sentidos en la puerta que tenía en frente y, con el corazón en un puño se adelantó

tambaleante.

¿Se acercaba hacia la salvación o hacia otro peligro desconocido?, pensaba mientras sus piernas

temblaban como la gelatina recién hecha.

Casi había llegado, hasta podía verse el pomo de la puerta a esa distancia, cuando oyó un sonido

que provenía del otro extremo de la habitación y se quedó totalmente paralizada.

Tenía la mandíbula tensa; el corazón latiendo fuertemente; notaba el pulso acelerado en las manos y

sentía escalofríos recorriendo por todo su cuerpo, estremeciéndola.

Ella tragó saliva.

Quizás fuese un pensamiento demencial el querer darse la vuelta y mirar lo que tenía a su espalda;

seguramente lo mejor y lo más prudente sería agarrar el pomo, abrir la puerta y salir huyendo de

aquella habitación fantasmagórica. Pero por muy extraño que parezca ella no quería irse de allí, no

sin antes averiguar lo que se escondía entre las sombras. Era demasiado curiosa como para irse

sin más.

La curiosidad mató al gato, le advirtió su conciencia, pero desecho esos pensamientos antes de que

se acobardara lo suficiente para huir.

Lentamente y vacilando empezó a agacharse, pensando que quizás así estaría más segura. Se quedó

echa un ovillo cerca del suelo y, con cierta lentitud, se dio la vuelta. Miró de un lado a otro y

maldijo por lo bajo, sabedora de que no debía hacer ruido, aunque lo que más deseaba en estos

momentos era gritar como una loca.

Estaba increíblemente irritada con aquella densa oscuridad, no conseguía ver nada de nada y

tampoco le hacía gracia el tener que arrastrarse hasta el interruptor de la lámpara, ya que estaba lo

suficientemente lejos como para no considerarlo una opción. Como de costumbre los interruptores

de luz deberían estar situados cerca de la puerta, pero éste de aquí se encontraba,

desgraciadamente, en el extremo opuesto de la puerta.

Meditó las posibilidades de llegar allí sin ser vista y, sinceramente, las posibilidades eran casi nulas.

Además estaba el problema de la cobardía, era demasiado cobarde como para ir, aunque fuera

arrastras, hacia el dichoso interruptor, aunque tenía el suficiente valor para quedarse allí. Lo suyo

era de chiste.

Al final y la única opción que la quedaba, si es que quería seguir investigando, era gatear hacia

delante, acercarse un poco más hacia su objetivo.

Sólo se había movido unos centímetros cuando un leve tintineo la despertó de su excesiva

concentración, causándole un infarto a su tierno corazón.

Tanteó con los dedos en el mugriento suelo, buscando la cosa u objeto, causante de su desconcierto.

Suspiró aliviada.

No era mas que unas llaves que había guardado en los pantalones deportivos que llevaba.

Silenciosamente, recogió las llaves y se dio cuenta de algo extremadamente importante; ¡tenía una

pequeña linterna que llevaba como llavero! Se preguntó cómo era posible que no se hubiera dado

cuenta desde un principio. Quizás el hedor a muerte la estaba dejando atontada.

Agarró la diminuta linterna con manos temblorosas, no muy decidida a querer usarlo realmente.

¿Qué pasaría si viera lo que no deseaba ver? Aquella terrible pregunta inundó todos los demás

pensamientos.

El sitio apestaba a muerte y eso, indudablemente era por alguna desconocida razón, porque una

habitación no olía a hedor de muerte así por así, entonces, ¿qué es lo que realmente había allí?

Preguntas y más preguntas se hacía Nina, pero no se iba a echar atrás, no después de haber llegado

hasta allí.

Se mordió el labio para calmarse un poco y encendió la pequeña linterna, iluminando una reducida

parte del lugar. El insignificante, pero cálido resplandor era suficiente para devolver a Nina una

nueva oleada de confianza y fuerzas para seguir adelante.

No quiso mirarse a sí misma porque al mismo instante que encendió la linterna, se le acababa

también el tiempo de permanecer allí. Aquel mínimo resplandor era suficiente para llamar la

atención de quien quiera que fuese que estuviera allí escondido, acechándola entre las sombras.

Cogió la diminuta linterna con cierta firmeza y lo movió de un lado a otro, iluminado por partes la

habitación penumbrosa.

No vio nada interesante o algo diferente, aparte de las oscuras manchas que había por todas las

paredes y techo. Continuaba siendo un misterio aquellas manchas extravagantes

¿Qué demonios era todo aquello?, pensó ella.

Ella siguió examinando la habitación durante unos minutos, moviendo la linterna de un lado a otro,

pero seguía igual.

Nada de nada.

Totalmente defraudada se dio la vuelta para irse por la puerta, creyendo que el sonido era fruto de

su propia imaginación.

¿Se habría vuelto loca?

La mano de Nina ya había agarrado el pomo de la puerta y se disponía a girarlo cuando, otra vez,

oyó ese extraño sonido. Ésta vez no se molestó en pasar desapercibida, directamente y sin

vacilación sujetó la pequeña linterna con manos firmes y se dio la vuelta.

Gritó, chilló y se tropezó con sus propias piernas mientras intentaba retroceder. Cayó tambaleante

hacia atrás, se golpeó con la puerta fuertemente la espalda; el impacto la dejó con la cabeza

dándole vueltas y se aferró al pomo de la puerta para mantenerse en pie.

No podía creerse lo que veía en aquellos instantes: un monstruo baboso medio corpóreo de

unas dimensiones impresionantes; mediría unos diez metros de longitud y quizás de anchura cinco

metros de diámetro; era uniforme desde la cabeza hasta la cola con formas de garras huesudas; su

cuerpo era como el tornillo, lleno de anillos gigantes; no poseía extremidades, pero en su lugar

había doble hileras de dientes largos, fuertes y afilados y la cabeza de la bestia se retorcía en el

suelo, como si quisiera cavar un agujero en él.

Nina se tapó la boca con la mano libre, ya no le importaba la suciedad que tenia en ellas.

No se podía mover, estaba totalmente inmovilizada por el miedo. La luz de la linterna parpadeó, se

le estaba acabando la batería. Maldijo por lo bajinis. Ahora sí que no tenia tiempo para quedarse

allí temblando de miedo, tenia que salir inmediatamente.

Sostuvo el pomo fuertemente, sólo necesitaba girar un poco la muñeca y ya podría huir, pero no

supo por qué no conseguía girarlo. Lo intentó desesperada una y otra vez y al final descubrió que

la puerta estaba firmemente cerrada.

No, no, no...¿cómo puede ser que esté cerrada ahora que lo necesitaba abierto? Maldita sea.

Totalmente abatida soltó el pomo y se dejó caer en el mugriento suelo, apoyándose en la

odiosa puerta.

No supo cuánto tiempo llevaba allí sentada, quizás unos cuantos minutos, pero a ella le pareció una

eternidad. Estaba agotada, le costaba respirar, ya no tenia fuerzas para mantenerse despierta, la

agonía le podía y se cayó al suelo.

Notaba una leve sensación de humedad en su piel, pero no importaba, se estaba muriendo.

A punto de cerrar los ojos cuando la puerta se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de

viento cálido y a la vez fresco.

Nina intentó ponerse en pie desesperadamente y salir ahora que podía, pero por mucho que lo

intentase no lo conseguía, sus piernas no le obedecían

Pudo ver que había luz entrando por la puerta abierta y al segundo siguiente se volvió oscuro de

nuevo. Pensó que la dichosa puerta se había cerrado y ya empezaba a enojarse. El destino la está

tomando el pelo, primero da esperanzas y luego se las arrebata de nuevo. Eso pensaba en un

principio, cuando observó de nuevo por el rabillo del ojo y vio a una persona, o parecido a éso, de

pie junto a ella.

Desde aquel ángulo de visión ella dedujo que era un hombre fornido, de anchos hombros, pero

tampoco podía asegurarlo; tenia la vista nublada y sólo podía ver la silueta de aquel tipo. Pudo

observar también que en la mano derecha sujetaba algo largo y terminado en punta.

El hombre alzó el objeto y Nina quiso chillar, pero tenia la garganta seca y no pudo hacerlo, al ver

lo que era en realidad: una espada . ¿ Acaso aquel desconocido hombre quería terminar con su

vida?, pensó ella horrorizada y cerró los ojos con fuerza cuando el misterioso hombre acercó el

arma hacia su cara.

No sintió nada, ningún dolor, creía que ya estaba muerta y por ello no sentía el acero en su carne,

pero de improvisto un grito desgarrador le perforó los tímpanos, De inmediato se tapó los

oídos, era verdaderamente insoportable aquel chillido, como si alguien estuviese destripando vivo a

algún animal grande.

Ella abrió los ojos al cabo de unos segundo y miró a su alrededor. El misterioso hombre ya no se

encontraba de pie a su lado, si no que le vio al lado de aquel monstruo parecido a la lombriz.

A Nina le costaba ver lo que ocurría delante, pero hizo un último esfuerzo entrecerrando los ojos.

Se frotó los ojos para ver que era real de verdad. La enorme lombriz no se movía; tenia un chorro

de sangre negra en el suelo y clavada en donde debería ser el corazón del monstruo estaba la

espada de plata; tenia parte del tronco desgarrado y trozos de carne intestinal caían al suelo en esos

momentos; en ese mismo instante el rostro de la lombriz, o la cabeza, estaba vuelto hacia ella y,

desgraciadamente, pudo ver sus afilados dientes con indicios de sangre en ellos, formaban la boca

de la bestia; un poco más arriba de la boca había dos huecos vacíos donde una vez en el pasado

hubieran estado los ojos.

Ella no quería seguir mirando, pero algo más de éso atrajo su atención.

Algo estaba tirado debajo de la lombriz, algo curioso, raro, inerte. Observó más detenidamente y

vio algo que hubiera sido mejor no haber mirado: brazos destrozados y ensangrentados, una cabeza

descompuesta, parte de las tripas habían desaparecido y las piernas no estaban enteras.

Ahora comprendió por qué antes la lombriz estaba tan ocupada en el suelo. No estaba cavando, sino

devorando a un humano.

Náuseas, arcadas y ganas de vomitar visitaron a Nina de nuevo, pero ni siquiera para éso tenia

fuerzas, estaba realmente cansada.

El misterioso hombre extrajo su arma del cuerpo del monstruo y se acercó a grandes zancadas hacia

su siguiente objetivo.

Ella.

Sus párpados se cerraban poco a poco mientras su enemigo se acercaba con rapidez hacia ella.

El hombre estaba a su lado, se arrodilló y pudo ver que era un chico joven y muy apuesto.

Como un ángel, pensó.

Los ojos del desconocido eran de un curioso azul electrizante, pero no es el color de sus ojos lo que

confunde a Nina, sino su mirada de terror.

Después no pudo ver nada más. Sus ojos estaban completamente cerrados, pero siguió notando

algo. Unas manos fuertes y poderosas levantándola, lenta y delicadamente, en volandas. El ligero

cosquilleo del aliento del chico en su mejilla. Unos labios suaves como el terciopelo acariciando

su oreja. Unas palabras susurradas que no pudo entender.

Nina abrió la boca para preguntarle qué había dicho, pero de su boca no salió ningún sonido. Tenía

la garganta seca y áspera. Probó a abrir de nuevo los párpados, pero le pesaban demasiado.

De repente una luz cegadora inundó sus ojos cerrados. Poco a poco fue abriéndolos, pero no pudo

ver nada a causa de la fuerte luminosidad. Levantó un brazo para cubrirse la cara por acto reflejo

cuando se dio cuenta de dos cosas: uno; podía moverse, dos; los fuertes brazos del desconocido son

reemplazados por una blanda y confortable cama.

-¿No piensas ir a clases hoy?- Pregunta una voz masculina grave y ronca con un deje de

curiosidad que le resultaba sumamente familiar.

Nina se apoya sobre los codos, incorporándose un poco. Observa a su alrededor buscando al dueño

de la voz y lo encuentra apoyado cerca de la ventana con las cortinas corridas, donde entraba a

raudales el sol matutino. Vestido con unos vaqueros desgastados, una camiseta negra ajustada y un

par de botas negras de motorista Erik Nightfall podría considerarse un chico muy, pero que muy

apuesto, capaz de hacer babear a cualquier chica con solo mirar su penetrante mirada plateada. Alto,

delgado y musculoso era el vivo retrato de la perfección masculina. Pómulos altos, nariz aguileña,

hermosos ojos grises perfilados por unas largas y densas pestañas oscuras como el color de su

pelo que cae en suaves ondas alrededor de su atractivo rostro.

Tan embelesada que estaba ni siquiera se dio cuenta de que tenía la boca abierta hasta que notó la

boca seca, cerrándola de golpe se esforzó en recordar la pregunta de Erik, pero estaba aún

adormilada y confusa por la pesadilla que tuvo...

Un momento...¿era una pesadilla? No lo sabía. Era tan vívido y...aterrador que creyó ser real. Una

oleada de preguntas vinieron a su mente en ese momento: ¿por qué soñé eso? ¿quién era ese chico?

¿dónde estaba ese lugar?...

Tantas preguntas y no encontraba respuesta para ninguna de ellas.

Esos sueños no eran los que solía soñar, será que le sentó mal la cena de ayer o quizás es que haya

visto demasiadas películas de terror, pero si fuera así ¿por qué todavía notaba el regusto de la sangre

en la boca? Sumergida en sus pensamientos no se dio cuenta de que Erik la estaba llamando y la

zarandeaba suavemente.

-Nina, ¿te encuentras bien?- Sin esperar respuesta puso una mano en su frente. -No tienes fiebre,

pero estas pálida como un fantasma.-

La voz preocupada de Erik hizo que Nina levantara la vista para encontrarse con dos pozos

turbulentos de mercurio observándola con el ceño fruncido. Incómoda ante su intensa mirada se

aparta de él, quitando las sábanas de en medio e incorporándose.

-Estoy bien.- Hizo una pausa para ir al armario. -Ve yendo al instituto, enseguida te alcanzo.-

No se movió.

Sabía que la estaba observando aunque no pudiera verle. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda y

reprimió el impulso de darse la vuelta porque si lo hacía no se creía capaz de mostrar una expresión

serena.

No cuando tenía en mente el vívido recuerdo de la pesadilla.

Para alivio de Nina, Erik se levantó de la cama lanzando un profundo suspiro y se fue de la

habitación cerrando la puerta tras de si.

¿Qué era ese sueño? ¿Significaba algo o solo era una coincidencias? Muchas preguntas pasaron

por su mente en ese momento, pero no tenía respuestas para ninguna de ellas. Aún. Aquella

afirmación sorprendió a Nina quizás porque no creía en las coincidencias.









2 comentarios:

  1. Eeeei! Soy la cansina del tuenti (Ana Escritora)^^ Ya te lo he dicho por el comentario en tu perfil, que me encanta este capítulo, y tengo ganas de más TT Cuándo volverás a publicar?? D:

    Agur, Nina!^^

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    1. jaja cansina dice...
      me alegra saber que tienes ganas de mas historia porque esto solo acaba de empezar. dentro de unos dias saldra el segundo cap

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